Quiero junto a mi tu sustento, quiero saber que no existes como un sueño, desmembrando dunas con los pies, obturando lentes fijos en la medida epidural del cosmos, quiero no sentir jamás tu despedida en cortos y sinuosos destinos, apagados focos de la tempestad, rayos inmunes al ultravioleta de tus labios, al ferroso lactánico y frenético del tacto... te hiere mi sensible mortandad. Me tienes en tus manos, me hieres con sombras hilarantes de lo que fue mi gusto, matas mi hielo con tu augusta ternura... en la caricia. Te pierdo y no soy nada, me quedo de ti, en una bola sueños que no quise ser. Te quiero, a medias, tunco de mis vicios, dejado de aquel tabaco brillante a las dos de la mañana, separado a fuerzas del Grácil vuelo del insecto, de los grillos a través del canto, de mis fueros, donde simple y humilde no soy lo que parezco... te quiero sin mi litrona de trofeo, sin el desvarío de las pequeñas horas; santa, que has dejado a los caminos mortales el tiempo atrás, y jugado con los agujeros negros, en una misma cuántica obtusa, y sin marquetas que romper jugando con los dados al azar...
No hay más dolor que el mío cuando me dueles... cuando nada me falta, solo el maquinal abrazo de la muerte, la desdeñada sonrisa del infortunio y la mueca frugal de mi enemigo pisandome la sombra... que humano te deseo, que efimero destino.






